Cuando pensamos en café, lo primero que nos viene a la mente son esos granos marrones, secos y con un olor delicioso. Pero la realidad es mucho más sorprendente: el café empieza siendo una fruta.
Antes de llegar a tu taza, el café crece en un arbusto llamado cafeto. Esta planta da unas frutas pequeñas y redondas que se conocen como «cerezas de café».
Al principio son verdes, pero cuando maduran se vuelven de un color rojo brillante o amarillo.
¿Qué hay dentro de la fruta?
Si abrieras una de estas cerezas, verías que tiene una pulpa dulce y, justo en el centro, dos semillas.
Esas semillas son los granos de café.
El proceso para que puedas tomarlo es sencillo pero requiere paciencia:
Se recolectan las frutas maduras.
Se les quita la pulpa para sacar las semillas.
Las semillas se secan al sol (aquí el grano se vuelve de un color verde claro).
Por último, se tuestan para que adquieran ese color marrón y el sabor que tanto nos gusta.
¿Por qué importa saber esto?
Saber que el café viene de una fruta lo cambia todo. Al ser una fruta, el buen café no tiene por qué ser amargo, negro y pesado de forma natural.
Un café bien cuidado y tostado con mimo, como el que nos gusta ofrecerte, mantiene los azúcares naturales de la fruta. Por eso, cuando lo pruebas, puedes notar toques que recuerdan al chocolate, a las flores o a frutas como la manzana o las bayas.
¡La próxima vez que te tomes una taza, recuerda que estás disfrutando del jugo de una semilla frutal!
Deja una respuesta